viernes, 19 de julio de 2013

La voz de los que callan. Capítulo 1.

Hacía frío. No de ese tipo de frío que el invierno trae para ponernos a prueba, sino un frío helador, que se introducía en la piel hasta golpearte los huesos, para después salir de tu cuerpo por medio de temblores y respiraciones congeladas.
Pero lo peor no era sentir que tus manos se convertían en hielo, sino saber que ni siquiera dentro de tu propia casa podías huir de los golpes del viento en las mejillas.
Ya no recordaba lo que era poder abrir un armario y sacar todas las mantas que quisiera para poder librarme del frío que el radiador no era capaz de atrapar. Echaba de menos tener la certeza de que cada noche tendría un edredón y unas sábanas esperándome para darme algo de calor.
Ahora ni siquiera tenía un colchón sobre el que dormir.
Durante los últimos años había visto cómo mi casa se iba vaciando poco a poco hasta reducirse a paredes desnudas decoradas con manchas de humedad y una mesa grande de madera que mi padre había encontrado en la basura. La venta de los muebles fue, para mis padres, la única forma de conseguir dinero y evitar que mis hermanos y yo muriéramos de hambre.
Sólo una pequeña radio se había salvado de ser raptada por la casa de empeño y demás tiendas de segunda mano. Mi madre se negó a deshacerse de ella.
-Podrán quitarme el dinero, la casa y todo lo que quieran - dijo cruzándose de brazos - pero jamás me privarán de saber qué ocurre en este país. Aunque todo lo que digan sea mentira o esté manipulado.
Y nadie se atrevió a quitarle la radio, porque sabíamos que era capaz de gastar todos nuestros ahorros en recuperarla.
Mi madre era profesora en un colegio del barrio, antes de que el gobierno democrático echara todos sus valores por tierra y se convirtiera en una dictadura.
Ella nunca lo dijo, pero aquella situación la hacía sentirse como en la época de la posguerra, años en los que, obviamente, no había nacido aún. Quizás el hecho de que por aquel entonces la radio fuera como la televisión ahora, influyese en que no quisiera deshacerse de ella. Aquel cacharro, herencia de mi abuela, formaba parte del decorado de su propio mundo. Un mundo ambientado en los cuarenta que la mantenía medianamente aleja de la realidad de hambruna y desastre en la que vivía.
Me impresionó cómo incluso habiendo vendido todos sus pintalabios y perfumes, aún seguía apañándoselas para no parecer una vagabunda desaliñada. Mi madre siempre tenía el porte de una ama de casa del siglo XX. Y eso me encantaba.
No podía decir lo mismo de mi padre. El pobre se dejó ir a sí mismo después de perder su empleo en el periódico. Para él escribir era su vida, se pasaba noches enteras encerrado en su despacho hasta que encontraba las palabras adecuadas para expresar una noticia. Entonces, y sólo entonces,  salía de su  ''cueva'' (como decía mi madre) y se sentaba en la mesa a beber un café caliente, listo para irse a trabajar.
Nunca había visto a una persona deprimirse  semanas enteras sólo por haber vendido una máquina de escribir, aunque ésta fuera un mero objeto decorativo.
No sé cómo habíamos llegado a aquella situación. En cuestión de meses, los ricos habían conseguido aliarse aún más con los políticos, dejándonos al resto del pueblo sin voz de voto.
Nuestra sociedad había retrocedido hasta la Edad Media, y nadie movió un dedo en las calles para evitar que esto sucediera.
Sin embargo, lo peor llegó cuando los empresarios empezaron a echar gente, sólo para ahorrarse unos cuantos sueldos, y la sanidad se dejó para aquellos que podían pagarla.
Familias enteras empezaron a perder su fuente de ingresos, mientras que las enfermedades empezaron a propagarse porque nadie podía permitirse un médico.
Desahucios que llevaron al aumento de gente sin hogar, colegios que únicamente permitían el ingreso a niños de alta cuna... El mundo se convirtió en una bomba de relojería a punto de explotar.
Y explotó.
Una gran revolución se concentró en las calles de la capital, dispuesta a echar abajo el parlamento.
Chicos y chicas de todas las edades, hombres y mujeres de todos los lugares, cogieron lo que tenían a mano para defenderse y salieron de sus casas para recuperar lo que era suyo.
- Tenían fuego en los ojos - decía mi padre emocionado, como si fuera la primera vez que lo contaba -, pensé que era el fin del gobierno, que teníamos ganada la batalla - apretó con fuerza su puño - pero me equivocaba - todo el aliento se le escapó en un suspiro -. Jamás olvidaré aquel horrible día.
Entonces bajaba la cabeza y miraba al suelo con una mezcla de tristeza y miedo desgarradora, como si los recuerdos estuvieran en el frío parquet dispuestos a llevarle otra vez a aquella revolución fallida; se encendía una pipa, y se la fumaba hasta que se quedaba dormido, y mi madre tenía que apagarle aquella pistola de tabaco para evitar que saliéramos ardiendo por su imprudencia.
Mi padre estuvo allí, aquel 14 de marzo. Solía dar mil gracias al cielo por haber salido con vida de aquella.
Las personas que volvieron dicen que el gobierno ya estaba enterado de todo, y que no tuvieron reparos en rodear el edificio con tanques y soldados del ejército, dispuestos a arremeter contra todo aquel que quisiera echarles abajo.
Los políticos pensaron que los trajes color caqui y las metralletas serían capaces de amedrentar al pueblo, pero se equivocaron. Corrieron hacia ellos gritando, con sus cazos, palos y escopetas de caza a modo de armas destructivas.
Los soldados sabían que, aunque fueran muchos, sus armas eran inofensivas y podrían reducirles sin necesidad de abrir fuego; pero aún así dispararon a diestro y siniestro, sin tener compasión, contra todos y contra todo.
Nadie consiguió acercarse a los soldados, excepto un muchacho: Marc Degaró. Él y la cicatriz  que le hizo en el ojo al teniente Stank se convirtieron en toda una leyenda. El cómo consiguió escapar, era un misterio. No se supo más de ese chico.
Se cuenta que aquel día murieron miles de personas. La gente que sobrevivió, afirmaba que fue el mismo infierno.
Desde ese día, el pueblo no volvió a levantarse contra el gobierno. La democracia se convirtió, definitivamente, en una dictadura; y la sociedad pasó a dividirse en ricos y pobres.
Meridian estaba gobernada por aquellos que tenían dinero, había una gran diferencia entre ellos y nosotros.
Mientras que los nobles vivían en el centro de las ciudades, rodeados (¡Cómo no!) por guardias y vallas electrificadas que les protegían del pueblo - Al parecer la clase baja no era la única que vivía con el miedo instaurado en sus huesos -; el resto nos limitábamos a barrios medio derruidos a las afueras de dichas ciudades, con casas unifamiliares y algún que otro edificio desahuciado, en los que solían refugiarse ladrones y demás seres indeseables de la noche. Tampoco había asfalto en nuestras aceras, ni carreteras. Todo era arena y polvo.
Aquí, en mi barrio, no era necesario tener dinero para conseguir comida, existían otra alternativa: el trueque.
Aún así, no todo el mundo tenía bienes que intercambiar, así que no era extraño ver gente rebuscando en los contenedores circundantes a las vallas o mujeres ofreciendo favores a cambio de cualquier cosa que les sirviera para subsistir un día más.
Podría decirse que la pobreza estaba distribuida: algunos tenían más que otros, pero sin dejar de lado su precariedad. Esas personas aún se las arreglaban para conseguir unas cuantas monedas y comprar en los humildes comercios de nuestras calles.
Yo pertenecí, por poco tiempo, a esa ''privilegiada'' sección de los barrios pobres. Mis padres se las arreglaron para guardar algunas monedas de la venta de los muebles. Al principio era mucho, demasiado. Pudimos haberlas malgastado si quisiésemos, pero mi padre sabía que las necesitaríamos para subsistir, porque era el único dinero que teníamos.
Sí, un puñado de monedas parecía mucho para gastar en un solo día, pero si había que repartirlas a lo largo de meses la cosa cambiaba.
No me di cuenta de la gravedad de la situación hasta que, como muchos otros de mi edad, tuve que dejar los estudios porque no podíamos pagarlos. Fui afortunada de al menos haber terminado mi formación básica, aunque la impotencia de ver cómo los ricos conseguían plaza en la universidad me mataba por dentro.
Mis hermanos habían salido peor parados. El pequeño, Nicolás, a penas había terminado Infantil. Lo único que aprendió fue a moldear la plastilina y a colorear sin salirse del borde.
Juan, que iba detrás de mí en cuanto a nacimientos se refiere, tenía doce años. Tampoco le fue muy mal a él, puesto que sabía leer, escribir, sumar, restar y demás; pero me daba pena saber que todo se quedaría ahí, en simples divisiones y operaciones de Primaria.
-Juno - dijo mi madre entre toses. Llevaba semanas enferma. - Ve a comprar algo de comida si puedes...
-Voy.
Me dirigí a una esquina del salón y levanté una placa de parquet. Ahí era donde escondíamos el dinero, los robos ahora eran algo frecuente. Cuando vi que sólo quedaban tres monedas, palidecí.
Las cogí sin avisar a mi madre de que eran las últimas y me puse mi chaqueta de lana, que más que abrigar, servía para aparentar que no pasaba tanto frío: estaba llena de agujeros y deshilachada por las polillas.
En la calle, las cosas no eran más fáciles. Ir por un callejón o por una zona deshabitada era sinónimo de ser asaltada o violada. Así que siempre hacía el mismo recorrido.
Pasaba por los sitios concurridos, con las manos metidas en los bolsillos para evitar que me robaran, y la cabeza agachada para que nadie viera que no era más que una chica de dieciocho años.
Era común que a las muchachas jóvenes se las llevaran a casas de compañía, o incluso se las dieran a los ricos como servicio doméstico, sin siquiera tener en cuenta su propia voluntad o darles un sueldo mínimo, a cambio de un saco pequeño de monedas.
Cuando llegué a la tienda, estaba casi vacía. Sólo había una mujer a parte de mí esperando a ser atendida.
-Por favor señora... Mis hijos se mueren de hambre... deme aunque sea una patata... se lo suplico - imploró la mujer, casi de rodillas.
-Ya le he dicho que no, lo siento mucho - Maira hizo un gesto con la mano para indicarla que se fuera.
-Se lo ruego...
-¡Váyase, he dicho! - gritó sacando una escopeta de detrás del mostrador y apuntando a la mujer, que salió corriendo.
-Ay, lo siento hija... Esto ya es el pan de cada día - rió - ¿Qué querías, pequeña Juno?
-Lo que me des por tres monedas - abrí la mano y le mostré el dinero.
Maira, la tendera, frunció el ceño y luego sacó una lechuga y dos zanahorias de una caja.
-Son de ayer, estaba a punto de tirarlas, pero por ese dinero no hay nada mejor - se lamentó.
-Es perfecto, ¡gracias! - sonreí lo mejor que pude.
Me tendió la bolsa después de haberla pagado y me di media vuelta. Odiaba tener que fingir afecto de forma exagerada, sólo para que accedieran a darme comida por poco dinero.
-¡Espera Juno! - Me giré - Mira, sabes que aprecio mucho a tu madre y que le estoy muy agradecida por haber enseñado a mis hijos gratis cuando se privatizó todo... - se rascó la nuca - pero si la próxima vez no me trae el dinero suficiente, no voy a poder daros ni siquiera las verduras de ayer - asentí -. Yo también tengo hijos que alimentar.
<<Yo también tengo hijos que alimetar>>. Aquella frase se me clavó en el pecho. Si bien era verdad que ella también era medianamente pobre, gozaba de comodidades que sólo los tenderos tenían. Podría decirse que no sabía lo que era pasar hambre, pero tampoco conocía el lujo de dormir en una casa con calefacción eléctrica.
Tomé aire en un intento de ahuyentar su hipocresía y controlar mi cara de molestia por su comentario,  y me fui.
La calle no estaba muy concurrida, pero sí lo suficiente como para saber que no debía fiarme. Ladrones había en todas partes, y más cuando el hambre acechaba en las esquinas.
Aún así, no corrí. No tenía miedo de que alguien intentara quitarme la comida, sabía defenderme, ya me había librado de algún asaltante en otra ocasión.
Fue un mes atrás. Volvía de comprar con la bolsa apretada contra mi pecho y el temor causándome temblores en las piernas. Era la primera vez que hacía la compra, papá era el que solía encargarse de aquello, pero dejó de hacerlo. Todas las mañanas comenzó a salir no sabíamos a dónde, y entonces tuve que encargarme yo de aquella cargante tarea.
Recuerdo cómo aquel hombre salió del callejón, tan veloz que no pude verlo venir hasta que me dio un empujón y comenzó a tirar de mi brazo.  Intenté evitar que se llevara mi comida, pero él era más fuerte que yo. En un último forcejeo me arrebató la bolsa con tanta fuerza que pegó un traspiés y echó a correr.
Quise llorar, pedir ayuda, pero entonces me di cuenta de que nadie vendría a ayudarme, de que aquí tenías que defenderte tú solo. Era la ley del más fuerte, del que más hambre tuviese.
Las lágrimas dejaron de precipitarse por mis mejillas, y mis piernas dejaron de temblar. Apreté mis puños con fuerza, y empecé a perseguir a aquel hombre hasta que le alcancé.
En ese segundo asalto fui yo la que pegó el empujón, la que le tiró al suelo y la que le arrebató la bolsa. Vi cómo el hombre se protegía la cara, con miedo. Yo respiraba fuertemente, mientras le inmovilizaba.
-¡Por favor! ¡Tengo hijos que alimentar! - lloriqueó.
Justo en ese preciso instante, con la voz temblorosa del hombre y mi corazón palpitando en mi garganta, fue cuando descubrí mi rabia. La parte de mí que sólo salía en situaciones de peligro, que me controlaba y me protegía cuando yo no podía hacerlo. Era como tener dos personalidades, como si el miedo sacara de mis más profundos recovecos una chica totalmente diferente.
Volví en mí, aquel ladrón no era más que un padre de familia. Abrí mi bolsa y le di una lechuga.
Jamás olvidaré la luz de su rostro a modo de un <<gracias>>, como tampoco olvidaré que el miedo es un cartel de neón que atrae a los peligros.
Seguía absorta en mis pensamientos, cuando la vi apoyada en la pared: la mujer de la tienda.
Me paré en seco y la miré.
Tenía la cabeza agachada y la mano extendida pidiendo limosna. No sé por qué me acerqué y le di un trozo de zanahoria.
Ella miró mi mano, que sostenía la verdura, y alargó la suya. Creí que iba a coger la comida, pero en lugar de eso me agarró por la muñeca y me acercó a ella. Cuando mi cara estuvo a escasos centímetros de su nariz, me escrutó con su ojo de cristal.
-Vas a hacer grandes cosas, niña - sonrió ladeadamente - vas a hacer grandes cosas...
Me asusté y me zafé de su brazo con tanta fuerza que la zanahoria salió volando hasta los pies de la mujer.
Instintivamente salí corriendo, y mientras huía noté cómo sus ojos se clavaban en mi espalda hasta que entré por la puerta de mi casa y la cerré de un portazo.
-¡Pero bueno! - gritó mi padre, que ya había regresado - ¡Vas a conseguir que esta casa se acabe cayendo del todo!
-Lo siento - dije con la respiración entrecortada - he traído esto.
Abrió la bolsa y sonrió satisfecho. Con un poco de agua, conseguiríamos hacer una sopa.
-Hoy cenamos sopa... - susurró ilusionado- ¡Hoy cenamos sopa! - dijo en un tono más alto.
Mis hermanos empezaron a dar saltos, y escuché cómo mi madre reía desde su rincón, abrazada a la radio. Por un momento, sentí que el mérito fuese mío. Era increíble el hecho de que unas verduras pasadas hiciesen que nos sintiéramos tan llenos de vida.
<<Agua, lechuga y una zanahoria y media. Vaya cena.>>, hubiera pensado hace un año, sin embargo ahora tenía ganas de saltar con mis hermanos.
Entonces lo recordé.
-Papá - miré al suelo - dice Maira que si no le pagamos en condiciones, no nos volverá a dar comida.
De pronto la casa se volvió gris otra vez. Mis hermanos dejaron de dar saltos, y mi padre recuperó su expresión de dejadez.
-Ya nos las apañaremos - se limitó a decir.
Aquella noche cenamos sopa después de que mi padre fuera a atraer el agua necesaria de la fuente. Por primera y última vez.

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