-Fuera de aquí - dijo, con tono frío.
Y vi el desprecio en su mirada.
Conocía a Maira desde que era pequeña, hacía unos años éramos vecinas. Ella no era tendera antes de la revolución, sino una ama de casa que vivía de su pensión de viudedad con sus dos hijos. Mi madre tuvo la generosidad de darles clases, cuando a Maira no le llegaba el dinero para pagarles el colegio.
Unos meses después se casó con el dueño de la verdulería y sus problemas económicos desaparecieron, olvidando casi por completo que sin mi madre, aquellos dos medio huérfanos no sabrían a penas diferencias las vocales.
-Fuera, he dicho -repitió.
La miré como nunca antes había mirado a una persona: con rencor.
La rabia de ver cómo aquella mujer obviaba por completo todo lo que había hecho mi madre por ella, me hervía por dentro.
-Burguesa de mierda - susurré.
-¿Qué has dicho?
-¡He dicho que es usted una burguesa de mierda! - grité con todas mis fuerzas.
La calle se silenció por completo y Maira me miró boquiabierta.
-Mira, niña... -apretó los dientes.
-Supiste bien con quién casarte, ¿eh? -no era yo quien hablaba, era mi rabia - ¿Qué sería de ti sin tu marido el verdulero?
Se quedó callada, y por un momento creí que los ojos se le enrojecían por las lágrimas. Pero cuando llamó a gritos a la policía y vi cómo dos agentes se dirigían hacía mí, supe que el rojo era más de odio que de tristeza.
Corrí lo más deprisa que pude bajo la atenta mirada de la gente que había callado con mis gritos.
Escuché el sonido de sus botas a escasos metros de mi espalda, y sin darme cuenta de lo que hacía, me metí en un callejón.
Cuando vi cómo pasaban de largo al mismo tiempo que sus pisadas perdían sonido, suspiré aliviada.
Me dispuse a salir de aquella oscura ratonera, pero noté cómo algo me rozaba el brazo. Se me heló el cuerpo y salí casi de un salto de ahí. Una vez que estuve fuera, me giré para ver qué había dentro, y creí ver un ojo de cristal brillando. Pero tenía tanto miedo, que incluso cuando llegué a casa seguía oyendo el ruido de las botas de los agentes a mis espaldas.
No le conté nada a nadie.
Los días siguientes, como ya dije, fueron muy duros. El hambre había consumido todas mis fuerzas y no era capaz ni de caminar. Mis hermanos se pasaban el día imaginando que mi padre entraba por la puerta con un saco de comida entre los brazos.
-Hoy sí, hoy viene con algo. Seguro - les oía susurrar a veces.
Pero los días pasaban y mi padre cada vez llegaba más tarde, con las manos vacías y desgastadas de tanto rebuscar en la basura.
Hasta que un día, para sorpresa de todos, volvió antes de lo habitual.
Era por la tarde, los ojos se me cerraban y la tripa había dejado de sonarme hacía varias horas. Supuse que ella también estaba cansada.
Entonces, la puerta se abrió de par en par dejando al descubierto la figura triunfal de mi padre, que mostraba una sonrisa que, después de haber estado tanto tiempo oculta, ya no reconocía.
-Juno, coge fuerzas de donde puedas y ve a pedirle a Maira comida - sacó cinco monedas del bolsillo - ¡Y no escatimes en gastos! - Bromeó.
Fingí una sonrisa lo mejor que pude, cogí el dinero de su mano y sólo cuando cerré la puerta, me permití pensar en el lío en el que me había metido.
No podía volver a la tienda, porque Maira no me daría comida después de aquel incidente, y además yo era demasiado orgullosa como para regresar allí.
Sin embargo, mi problema tenía una solución bastante obvia: el Mercado Negro.
En aquel momento, no me pareció tan mala idea, pero cuando llegué y vi el cúmulo de gente que había, me planteé seriamente pedirle perdón a Maira.
Mujeres y hombres más desaliñados que yo y con un aspecto que atemorizaba, se deslizaban por entre los puestos de comida. Algunos intentando robar, otros metiendo la mano en bolsillos ajenos.
Instintivamente deslicé mis dedos dentro de mis bolsillos rozando las monedas, que para mi alivio aún seguía ahí, y las escondí en mi mano con fuerza. Bajé la cabeza como siempre hacía y me puse la capucha. Algo que hasta ahora, no había visto necesario.
Los puestos, sorprendentemente, eran como los de Maira. Pero a diferencia de ella, los tenderos no eran patéticas imitaciones de aspirantes a ricos, sino personas pobres con aspecto de contrabandistas.
Inspeccioné los productos de reojo y me fijé en que allí todo era baratísimo. Con cinco monedas, podría comprar una cena entera como las que mi madre solía preparar antes.
Me paseé por todo el mercado para comparar precios, y después me dirigí al puesto más barato.
Me extrañó ver que no estaba excesivamente lleno. Supuse que la gente estaba tan desesperada por comer, que compraba en el primer lugar que veían. Y éste estaba demasiado dentro del mercado como para poder ser visto fácilmente.
-Un kilo de patatas y de zanahorias, y un pollo - dije, aún con la capucha puesta.
-Bueno, bueno... la señorita viene cargadita de dinero, ¿eh? - bromeó, pero su gracia hizo que varias personas me miraran de soslayo, como cavilando la posibilidad de asaltarme en cualquier momento.
Colocó las verduras en el mostrador, y luego se metió en el interior del puesto para buscar el pollo.
-¿Vas a ir? - Oí susurrar a unos hombres.
-Por supuesto que voy. Esta vez no será como el 14. Los perros del gobierno acabarán llorando y llamando a sus madres - ambos rieron.
-Aquí tiene, señorita - La voz del tendero hizo que perdiera el hilo de la conversación de aquellos hombres.
-Gracias.
Pagué con todo lo que tenía y cogí las bolsas apretándolas contra mi pecho, mientras salía corriendo.
La capucha me impedía ver con claridad. Me choqué con varias personas, pero sabía que si me detenía era bastante probable que me robaran.
No era capaz de quitarme de la cabeza la conversación que había escuchado. ¿Estaban hablando de una revolución?
Me sumí tanto en mis propios pensamientos, que sin darme cuenta caí al suelo. No sé cómo lo hice, pero no solté la comida.
-Lo siento - dijo alguien.
Levanté la cabeza y vi que un chico de más o menos mi edad me tendía la mano.
-No... gracias, sé levantarme sola - me puse en pie de un salto -. Adiós.
Me dispuse a salir corriendo, pero me agarró de la capucha. No me había dado cuenta de que con la caída, había dejado mi cara al descubierto.
-Ahora todos han visto que eres una chica joven, si te vas sola ya sabes qué te pasará.
Miré a mi alrededor. Varios hombres se habían girado en mi dirección, y sus miradas me hicieron estremecer.
-¿Y cómo sé que me puedo fiar de ti? - dije, aún de espaldas a él.
-No lo sabes, pero no te queda otra.
No me dejó decir nada más. Aún agarrándome de la capucha me arrastró a la salida, como si fuera un perro y él el dueño que lo pasea.
Salimos a la calle, pero no se detuvo.
-Indícame dónde vives - soltó por fin.
-Subiendo esa calle - señalé con el dedo - es todo recto.
Empezamos a caminar, esta vez como personas normales. Se hizo un silencio incómodo. Yo seguía dándole vueltas a lo que había escuchado en el mercado, buscando una explicación que no llevara consigo la palabra ''revolución''.
-Ah... Así que eres la hija de Fer Dewan... - dijo cuando llegamos.
-¿Cómo lo sabes?
No me sorprendía que alguien conociera a mi padre. Al fin y al cabo, él había sido un periodista reconocido, por lo que no era de extrañar que aún quedaran antiguos lectores de sus columnas.
Lo que me extrañó fue que supiera que él, nosotros, vivíamos ahí; que con sólo ver la madera desgastada de la puerta, fuera capaz de saber quién se escondía tras esas cuatro paredes.
-Veo que no te lo ha dicho - rió - dejemos que siga siendo así.
Entonces sentí que mis piernas recuperaban la debilidad que el hambre les había dado, y la cabeza me empezó a dar vueltas. No porque aquel chico insinuara que mi padre me ocultaba algo, o por la marea de posibilidades sobre una nueva revolución; sino porque haber corrido tanto después de días sin comer me había acabado pasando factura.
Se me nubló la vista. Iba a desmayarme. No podía dejar que eso pasara ahora, tenía que llevar la comida a casa.
-¿Estás bien? - me tambaleé y me sujetó el brazo.
No quería que nadie me viera desmayarme, me hacía sentir débil. Pero no podía controlar mi cuerpo, no podía evitar que un hormigueo recorriera mis brazos hasta dejar de sentirlos, no podía evitar que la cara de aquel chico se oscureciera. No podía evitar desmayarme.
-¡Juno! - gritó mi madre desde su rincón. El chico debió haberme llevado dentro de casa.
No escuché nada más hasta después de unas horas, cuando me desperté.
-Por Dios hija, qué susto nos has dado... - tosió -. Menos mal que ese chico te trajo a casa.
- Bueno, ahora come bien - sonrió mi padre, intentando eludir el tema de mi misterioso acompañante - que con todo lo que has traído, da para varios días.
Mis hermanos colocaron varios platos desgastados por el uso, y unos cubiertos viejos. Saboreamos cada bocado como si la comida fuera a desaparecer de un momento a otro (que en cierto modo, así era).
-¿Quién era ese chico?- le pregunté después de cenar, cuando todos estaban dormidos.
Mi padre guardó silencio durante un momento y luego añadió:
-De todos los muchachos que podías encontrarte, tenías que toparte con él...
Iba a repetirle la pregunta - la incertidumbre corría por mis venas - pero él se adelantó y siguió hablando.
-Es uno de mis compañeros del Grupo Revolucionario.
Lo sabía. Sabía que había una Revolución. Sin embargo, jamás imaginé que mi padre estuviera dispuesto a volver.
-Ellos te dieron el dinero - dije, por fin.
-Sí, ellos me dieron el dinero...
-... para comprar armas - terminé.
Él asintió. Le había descubierto y no podía hacer nada para seguir ocultando sus secretos.
-Dime qué ibas a hacer. Qué ibais a hacer.
-Me marcho en unos días a la Base del Puerto - se resignó a explicar - allí es donde empezaremos a planear todo.
<<Planear todo>>. Esas palabras fueron la prueba definitiva de que iba a suceder algo importante, de que las cosas por fin iban a cambiar.
Me quedé sin aliento durante unos segundos. Mi padre, aquel que hasta hacía unos días sacaba adelante nuestra familia rebuscando en la basura, ahora formaba parte de los rebeldes y tenía pensando irse sin decirle nada a nadie.
No supe qué responder. Podría haberle reprochado el intentar fugarse sin avisar, podría haberle exigido que se quedara, hacerle entrar en razón; pero en su lugar, lo único que me salió decir fue:
-¿Dónde las has escondido?
-El dinero que te di fue lo que sobró - explicó mientras se levantaba de su sitio. No pareció sorprenderle mi pregunta-. Ven, te enseñaré dónde están.
Con cuidado de no despertar a mamá y a los pequeños, salimos por la puerta hasta la parte trasera de la casa.
Ante nuestros ojos se extendía lo que antaño fue un patio, ahora convertido en polvo y escombros. Tampoco las plantas se habían librado de ser vendidas.
Mi padre hizo un gesto para indicarme que me quedara quieta, y se dirigió a un pequeño socavón unos pocos pasos más adelante, señal de que ahí antes había un árbol.
Excavó con las manos durante un rato. Me preocupó que hiciera semejante hoyo en el suelo sin usar una pala. Estuve apunto de ir hacia él para ayudarle, pero entonces sacó una caja y me miró.
Caminé hacia el socavón con sus ojos aún clavados en mí, y me agaché para ponerme a su altura. Observé la caja con detenimiento. Era alargada y de madera, supuse que había una escopeta dentro.
-¿Qué hay? - pregunté para estar segura.
-No te lo diré - volvió a meterla en el hoyo y a taparla con tierra -. No necesitas saberlo.
-¿Por qué no? Yo también quiero ir.
-No - su tono se volvió cortante.
Me mordí el labio que me hormigueaba por la impotencia y el deseo de saber qué había dentro de la caja. Sin embargo al final acabé ayudando a mi padre, resignada, a echar arena encima de ella.
Cuando hubimos terminado, se levantó.
-No puedes venir, porque no se permiten mujeres.
Me sorprendí. ¿Por qué las mujeres no podían manifestarse y luchar por sus derechos?
-Sólo vamos hombres, para evitar que pase como en la anterior vez - añadió al cabo de un rato. No le creí-. No queremos bastardos de soldados ni mujeres violadas. No queremos que nadie salga herido.
-Ah, ¿y vosotros? ¿vosotros sí podéis salir heridos? - me levanté -. Sois hombres, y los hombres no salen heridos - dije sarcásticamente.
-No puedes ir y se acabó, Juno - espetó.
-Tú tampoco puedes ir. Alguien tiene que cuidar de mamá, y sabes que yo sola no puedo hacerlo - volvió a suspirar, dándome la razón -. Una casa con dos mujeres y dos niños, y una de ellas enferma. El blanco perfecto para ladrones - sentencié.
-Tengo que ir. No hay más que hablar - se dio media vuelta y se dirigió a casa sin esperarme.
Quise poder gritarle lo injusto que estaba siendo, que mamá le necesitaba, al igual que Juan y Nicolás; que si se iba muy probablemente íbamos a morir, y que sin él no quería pensar en lo que tendría que hacer para conseguir dinero. Quise gritarle muchas cosas, pero sólo me salió quedarme callada apretando los puños con fuerza, como si clavarme las uñas fuera a hacer que toda mi impotencia desapareciera.
Suspiré y volví a casa. Al entrar, los pequeños ojos de Nico me sorprendieron desde un rincón de la habitación.
-¿De dónde vienes? - se notaba el sueño en su voz.
-De ningún lado Nico, estás soñando, duérmete.
-No puedo dormir, tengo miedo.
-Bueno, yo dormiré contigo - me tumbé junto a él y le abracé.
-¿Crees que vamos a dejar de ser pobres algún día? - bostezó.
-Claro que sí Nico... - le acaricié el pelo - te lo prometo.
En ese preciso instante - con la tos de mi madre dormida resonando de fondo, y la respiración profunda de mi hermano pequeño como acompañamiento -, supe que me daba igual que no estuviera permitido o que mi padre me prohibiera por todos los medios ir a la Revolución.
Nadie iba a impedirme que luchara por lo que creía justo. Nadie iba a impedirme cumplirle mi promesa a Nico.